Que este gobierno de sectarios instalados en el Palacio de la Moncloa apesta, no es novedad para casi nadie, salvo los que carecen del más elemental sentido del olfato.
Pero que el Ministerio de Relaciones Exteriores pase olímpicamente de sus obligaciones para con los ciudadanos que requieren su asistencia, es intolerable.
Todos entendemos las particulares filias del ministro del Burdeos y sus inclinaciones a morrearse con señores que usan turbante, pero debería recordar quién le paga el sueldo,y para qué se lo pagan.
Sin embargo, el ministro parece más ensimismado en los fogosos besos que le propinan los moros, que en defender a una ciudadana española.
Leticia Moracho, madrileña, fue víctima de esa locura temporaria que suele anular a la razón, y a la que cantan tantos poetas: se enamoró de un iraquí, con el que convivió y tuvo una hija.
Pero ya sea que de tanto usarlo, o por las diferencias culturales, el amor se acabó. Y sin mediar motivo ninguno, el moro Alí secuestró a su hija de España. Una vez terminada la relación amorosa con Leticia, mantenía una relación cordial con ella, por eso en septiembre de 2006 pudo engañarla con el pretexto de llevarse a la niña para pasar un fin de semana en Madrid. En realidad, se la llevó un poco más lejos, a Basora.
Los tercermundistas controles de migraciones en España permitieron consumar los hechos, ya que es evidente que una persona puede llevarse a un menor de edad sin mostrar la pertinente autorización del otro progenitor, y más aún cuando no están casados.
Ella interpuso una demanda por el secuestro, pero el habilidoso Alí la convenció de que lo había hecho para que la niña pudiera conocer a su familia paterna, y que si le decía la verdad, Leticia no lo habría permitido, pero que en un mes, la niña estaría de regreso. La ingenua Leticia volvió a ser engañada.
Al poco tiempo de llegar a Irak, el secuestrador inició un juicio por la custodia de la niña, y su esposa también se presentó a través de un abogado. Cuando llegó el momento del juicio, Leticia se presentó ante Moratinos para solicitarle protección durante su estancia en Basora, y Moratinos le ofreció ser protegida por la custodia de la Embajada Española en Irak. Sin embargo, la Dirección General de Asuntos Consulares le denegó esta protección, razón por la cual Leticia decidió no asistir al juicio y solicitar que se le concediera un régimen de visitas.
La “generosa justicia” iraquí le concedió que puede ver a su hijita Sara los días 15 de los meses impares del año desde las 8.00 horas hasta las 14.00 horas. El próximo martes será la primera vez que podrá ver a su hija.

Para dirigirse allí, Leticia solicitó asistencia al Ministerio de Exteriores, quien muy generosamente ha puesto a disposición de esta desesperada madre un contacto con dos órdenes religiosas: los Misioneros Carmelitas de Bagdad, que a su vez tienen conexión con una comunidad de hermanas Dominicas en Basora. Al parecer, la tan vituperada y combatida Iglesia a veces le sirve a este gobierno, sobre todo cuando se trata de arriesgar la vida en una zona de guerra, plagada de talibanes. Una monja para esta delicada misión es ideal según Moratinos.
Pero de la protección consular solicitada que consistía en una escolta, no hay nada. De hecho, se le aconsejó a Leticia y a su primo (que la acompaña) no viajar por el “elevado riesgo que presentaba para sus vidas”, y que la provisión de una escolta era “técnicamente imposible por la actual situación de indefensión y el grave peligro que entrañaría”.
Leticia y su primo -sobreponiéndose al pánico de ir a una zona de guerra- viajarán solos a Basora. Y Moratinos seguirá hablando en lingala, y morreándose con los del turbante. Mientras tanto, y gracias a su dejadez, una niña que había nacido LIBRE, irá lentamente aprendiendo a vivir sometida en un país infectado por una religión que no respeta los más elementales derechos humanos.